2019 y 2026: el mismo titiritero y la misma pregunta
Juan Ramón Mejía Betances
25 de septiembre de 2026 a las 07:32 a. m.Lectura de 8 min
Hay episodios que obligan a mirar hacia atrás. La consulta que prepara el Partido de la Liberación Dominicana para el 18 de octubre es uno de ellos. Vuelven a encontrarse Danilo Medina, Gonzalo Castillo y una disputa interna capaz de definir mucho más que el nombre de un aspirante presidencial.
En 2019, Danilo no podía optar por otro mandato. Gonzalo Castillo apareció como el candidato de su sector y salió favorecido en unas primarias profundamente cuestionadas. Leonel Fernández denunció fraude, pero no fue una inconformidad suya solamente: dirigentes que luego se integraron a la Fuerza del Pueblo también afirmaron que se había alterado la voluntad expresada en las urnas. El PLD defendió el cómputo. La ruptura, en cambio, fue inocultable: el partido se dividió y perdió el poder en 2020.
Siete años después, Danilo vuelve a presidir el PLD, sigue sin poder ser candidato y Gonzalo vuelve a ocupar un lugar central en su estrategia. Esta vez no se trata, formalmente, de elegir al candidato presidencial. El partido ha convocado una consulta para seleccionar a un aspirante de cara a 2028. Nadie ignora, sin embargo, el peso político que adquiriría quien salga favorecido el 18 de octubre.
Danilo llama a la militancia a «reventar las urnas» y a votar por el aspirante de su preferencia. La exhortación suena abierta. La pregunta es si las reglas, el padrón y el peso de la dirección permiten una competencia en igualdad de condiciones.
Francisco Javier García ha planteado una objeción que exige respuesta. Según denunció —y según cifras que el propio proceso no ha explicado en público—, unas 523,000 personas habrían sido retiradas de un listado de 2,162,000 miembros depositado ante la Junta Central Electoral. Lo exigible, al menos, es la explicación: quiénes salieron, con qué criterio, por decisión de quién y cómo podrán reclamar. Las presiones sobre dirigentes que lo respaldan son, todavía, denuncias de un competidor. En 2019, sin embargo, otros dirigentes dijeron lo mismo: que se les apretaba para mover apoyos. Se les desestimó. Luego el partido se partió. Que el reclamo reaparezca siete años después, en otra consulta y con el mismo centro de mando, no prueba un fraude. Sí obliga a preguntarse si no estamos ante piezas del mismo patrón. La consulta enfrenta, además, un cuestionamiento jurídico. La JCE advirtió que el mecanismo carecía de respaldo legal en esta etapa del calendario. El TSE declaró inadmisible un amparo para detenerlo, sin resolver con ello la controversia de fondo.
Hay otro dato que impide tratar el 18 de octubre como desenlace. Abel Martínez no se midió en esta consulta y ha dicho que competirá después con quien resulte favorecido. Octubre puede crear un hecho político. No cierra el 2028.
Mi preocupación principal va más lejos que el padrón y el calendario: ¿para qué necesita Danilo Medina que Gonzalo Castillo vuelva a encabezar la proyección presidencial del PLD?
En 2019, esa candidatura —con el apoyo del Estado que entonces encabezaba Danilo Medina— le cerró el paso a Leonel dentro del partido. Hoy Leonel lidera otra organización, convertida en la principal fuerza de oposición. Una segunda vuelta en 2028 no es el único escenario posible, pero tampoco es una hipótesis descartable. Llegado ese momento, las fuerzas opositoras tendrían que decidir si se apoyan o se enfrentan. No sabemos cuáles serán entonces los resultados ni qué posición adoptará cada dirigente peledeísta. Precisamente por eso importa quién conservará la facultad de decidir.
Mi impresión es que Danilo no busca solamente un aspirante. Busca a alguien cuya autoridad política dependa de él; alguien que, llegado el momento, no pueda definir por cuenta propia el rumbo del PLD. Así, la decisión sobre un eventual entendimiento con la Fuerza del Pueblo quedaría reservada, en los hechos, al mismo hombre que protagonizó la ruptura de 2019.
Danilo tiene derecho a preferir a Gonzalo. Incluso tiene derecho a oponerse a una alianza con Leonel. Lo que no debería hacer es convertir una ruptura no resuelta en criterio de selección y en candado sobre el futuro de todo un partido. Y, por esa vía, sobre una decisión que más adelante podría afectar al conjunto del país. La militancia peledeísta merece poder decidir, cuando llegue el momento, conforme a sus intereses políticos y a la realidad electoral de 2028, no conforme a una cuenta pendiente de 2019. En política, esas decisiones no se agotan en la vida interna de una organización: terminan tocando el bienestar de la gente.
Gonzalo, por su parte, tiene la oportunidad de demostrar que posee liderazgo propio. Recorre el país, reúne estructuras y presenta propuestas. Todavía no se le ha visto, con la misma intensidad, el contraste público con sus contendientes que distingue a un candidato de un instrumento. Debería explicar qué lo diferencia de ellos y si, de alcanzar la candidatura, tendría libertad para tomar las decisiones difíciles que exige dirigir un partido: inclusive aquellas que no coincidan con quien lo impulsó.
No afirmo que exista un fraude en marcha ni conozco el resultado del 18 de octubre. Sí veo motivos para exigir transparencia sobre el padrón y para preguntarnos por el propósito político de repetir, siete años después, la misma fórmula de liderazgo.
Danilo dice que después de la consulta el PLD cerrará filas. La pregunta es alrededor de quién y para qué: si para reconstruir un partido capaz de decidir su futuro, o para garantizar que ninguna decisión importante se tome sin su permiso.
En 2019, Gonzalo obtuvo la candidatura y el PLD perdió su unidad. En 2026, Danilo parece dispuesto a apostar de nuevo por el mismo hombre y la misma fórmula. La militancia peledeísta tendrá que decidir si esta vez mueve ella las piezas o vuelve a entregarle el tablero al titiritero.