El país de los gráficos y el país del bolsillo
Juan Ramón Mejía Betances
14 de julio de 2026 a las 08:55 a. m.Lectura de 8 min
“Esta economía está paralizada; todos están al grito”. El mensaje enviado por un empresario al economista Andy Dauhajre, citado en su reciente análisis, no es una anécdota aislada. Es el eco que resuena en los pasillos de las empresas, en los mostradores de los comercios y en las mesas de los hogares dominicanos. Sin embargo, al cruzar la acera hacia las oficinas del Banco Central, el panorama se tiñe de optimismo: la economía dominicana habría crecido un 4.2 % durante los primeros cinco meses de 2026.

¿Quién tiene razón? La respuesta es que ambos. Lo que ocurre es que observan realidades distintas. Vivimos una desconexión cada vez más evidente entre el país que reflejan los indicadores macroeconómicos y el país que experimentan diariamente quienes producen, invierten, comercian y trabajan. Es la diferencia entre el país de los gráficos y el país del bolsillo.
Como explica Andy Dauhajre, parte del crecimiento reportado responde a un efecto estadístico de comparación con un inicio de 2025 particularmente débil. Pero quizás el dato más revelador aparece al contrastar el comportamiento del Producto Interno Bruto con las ventas reales reportadas a la DGII. Mientras el crecimiento de las ventas se desaceleró respecto al año anterior, el PIB prácticamente duplicó su ritmo de expansión.
Una parte importante de esa aparente fortaleza también refleja el éxito de la Factura Electrónica, que ha permitido formalizar y transparentar operaciones que antes escapaban al registro fiscal. Es una excelente noticia para la institucionalidad tributaria, pero conviene distinguir entre medir mejor la actividad económica y producir más riqueza. No siempre ambas cosas ocurren al mismo tiempo.
Otro indicador ayuda a entender la percepción que existe en la calle: el comportamiento del crédito bancario. A pesar de la reducción de las tasas de interés promovida por el Banco Central, el crecimiento del financiamiento al sector privado ha perdido dinamismo. En economía, la confianza es uno de los motores más poderosos de la inversión. Si los empresarios estuvieran percibiendo una expansión sólida de la demanda, estarían ampliando inventarios, ejecutando nuevos proyectos y solicitando más financiamiento. La moderación del crédito sugiere que ese optimismo todavía no termina de materializarse.
Pero el problema de fondo es aún más profundo. La economía dominicana ha logrado crecer durante años, aunque no siempre ha conseguido transformar ese crecimiento en desarrollo ampliamente compartido. Crecer no es lo mismo que desarrollarse.
El turismo continúa siendo uno de nuestros principales generadores de divisas y las zonas francas mantienen un extraordinario desempeño exportador. Ambos sectores constituyen pilares fundamentales de nuestra economía y deben seguir fortaleciéndose. Sin embargo, el verdadero desafío consiste en ampliar sus encadenamientos productivos con el resto del aparato económico nacional, de manera que un mayor número de empresas dominicanas puedan integrarse como proveedoras de bienes y servicios, elevar su productividad y generar empleos de mayor calidad.
Algo similar ocurre con la intermediación financiera, un sector moderno y rentable, pero cuya capacidad para generar empleo directo es naturalmente limitada por su propia naturaleza tecnológica e intensiva en capital.
Mientras tanto, la construcción uno de los sectores con mayor capacidad para distribuir ingresos en todo el territorio nacional no ha recibido el impulso suficiente mediante una estrategia sostenida de inversión pública en infraestructura productiva. Carreteras, sistemas de agua, infraestructura logística, energía, conectividad digital y obras que eleven la competitividad regional no solo generan empleos inmediatos, sino que aumentan la productividad futura de toda la economía.
A ello se suma un mercado laboral donde cerca del 57 % de los trabajadores permanece en la informalidad, enfrentando un costo de vida que aún refleja los efectos acumulados de los choques inflacionarios recientes. Para el pequeño comerciante, el trabajador independiente o el microempresario informal, las cifras macroeconómicas suelen resultar lejanas frente a la realidad cotidiana de sus ingresos.
El PIB seguirá siendo un indicador indispensable para medir la capacidad productiva del país. Nadie discute su importancia. El problema aparece cuando se convierte en el único termómetro utilizado para evaluar el bienestar económico de la población.
Precisamente por eso, el desafío nacional no consiste únicamente en crecer más, sino en crecer mejor.
La respuesta pasa por una profunda transformación del ecosistema de las MIPYMES. Necesitamos facilitar su acceso al crédito formal mediante fondos de garantía, fortalecer la banca de desarrollo, incorporar soluciones fintech reguladas, simplificar el régimen tributario y administrativo, promover su integración en cadenas de valor con los grandes sectores productivos y ampliar su participación en las compras públicas mediante procesos más ágiles y transparentes. Al mismo tiempo, debemos incentivar la formalización empresarial y laboral, facilitando la transición hacia la seguridad social y la productividad.
Nada de esto constituye una ocurrencia aislada. Responde precisamente a la visión de país contenida en la Estrategia Nacional de Desarrollo: una economía competitiva, innovadora, territorialmente equilibrada e inclusiva, capaz de generar oportunidades para todos los dominicanos mediante mayor productividad, institucionalidad y articulación entre el Estado, el sector privado y la sociedad.
Ese es también el principio esencial del Desarrollismo Democrático. No se trata de que el Estado sustituya al mercado, sino de que planifique, coordine e impulse las condiciones para que el crecimiento económico llegue a cada provincia, a cada comunidad y a cada emprendedor.
Porque, al final, el verdadero desarrollo no ocurre cuando los gráficos mejoran. Ocurre cuando también mejora el bolsillo de la gente.

