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25 años del 11-S: el día en que la televisión convirtió al mundo en testigo de una tragedia

Redacciones de todo el planeta, incluida la de Diario Libre, vivieron en tiempo real la caída de las Torres Gemelas y enfrentaron un dilema que aún divide al oficio: cuánto mostrar de la muerte.

Redacción de Libertad Comunicacional

Redacción de Libertad Comunicacional

Editor jefe: Domingo Batista

11 de septiembre de 2026 a las 06:40 a. m.Lectura de 5 min

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25 años del 11-S: el día en que la televisión convirtió al mundo en testigo de una tragedia

Fotografía: (ARCHIVO / DIARIO LIBRE)

A 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York, la fecha sigue siendo recordada como uno de los pocos momentos en que prácticamente todos los medios del mundo, sin importar el idioma o el huso horario, contaron simultáneamente la misma noticia. Así lo documenta un recuento publicado por Diario Libre, que reconstruye cómo se vivió aquella jornada tanto en las grandes cadenas estadounidenses como en su propia redacción en Santo Domingo.

Según ese relato, la televisión tuvo un protagonismo que hoy resulta difícil de imaginar, en momentos en que internet todavía era una plataforma informativa incipiente y su infraestructura colapsó ante la demanda de usuarios. Millones de personas recurrieron entonces a cadenas como CNN, ABC, CBS y NBC, que interrumpieron su programación y mantuvieron coberturas ininterrumptas mientras las imágenes de Manhattan se difundían por el planeta. El Instituto Poynter, citado en el recuento, ha señalado que ese día mostró a la vez la fuerza de la televisión tradicional y el potencial que internet tendría después para las noticias de última hora.

En Santo Domingo, la redacción de Diario Libre que para entonces publicaba una edición vespertina siguió los hechos a través de una conexión con CNN. El segundo impacto contra las torres, ocurrido mientras el equipo periodístico aún trataba de entender el primero, disipó cualquier duda de que se tratara de un accidente. De acuerdo con el testimonio recogido por el medio, la conmoción fue inmediata y el trabajo avanzó al ritmo de las imágenes, entre la necesidad de confirmar datos y la creciente interacción con lectores que buscaban respuestas. La presión informativa llevó incluso a las principales cadenas estadounidenses a compartir imágenes y transmisiones entre sí, anteponiendo la cobertura a la competencia comercial.

La caída de la Torre Sur, a las 9:59 de la mañana, y de la Torre Norte, media hora después, quedó registrada en vivo por las cámaras. Pero esas mismas cámaras captaron también a personas que, atrapadas por el fuego y el humo, cayeron o se lanzaron desde los pisos superiores, lo que planteó de inmediato un dilema ético sobre los límites de mostrar la muerte en pantalla. Karen Scott, entonces directora de noticias de la televisora neoyorquina WPIX-TV, relató después que desde la sala de control llegó a ver más de lo que finalmente decidió transmitir, bajo el criterio de no incrementar el horror que ya vivía la audiencia. CNN enfrentó un dilema similar: algunas imágenes de personas cayendo llegaron a emitirse antes de que los editores pudieran evaluarlas, y luego se retiraron para evitar identificar a las víctimas.

El mismo debate alcanzó a la prensa escrita. El fotógrafo de Associated Press Richard Drew captó la imagen de un hombre cayendo cabeza abajo desde la Torre Norte, conocida después como The Falling Man, que muchos periódicos optaron por no publicar por considerarla demasiado perturbadora. No hubo una prohibición formal: fue una decisión editorial repetida en numerosas redacciones, que limitaron las imágenes más explícitas para informar sobre la magnitud de la tragedia sin convertir la muerte individual en espectáculo.

Al día siguiente, esa coincidencia editorial quedó documentada en las portadas de medio mundo. El Instituto Poynter reunió 150 primeras planas de periódicos de distintos países en un volumen que sigue sirviendo como testimonio de una jornada en la que redacciones muy distintas, sin ponerse de acuerdo, terminaron contando esencialmente la misma historia.