La Vigilancia del Agotamiento
Domingo Batista
13 de mayo de 2026 a las 08:17 a. m.Lectura de 4 min
La República Dominicana atraviesa un momento de "vigilancia emocional". No lo dice un eslogan político, lo dicen los números fríos de la última encuesta Gallup-Diario Libre: el 62.9 % de los dominicanos observa la economía nacional con un pesimismo que ya no se oculta tras el brillo de las cifras macroeconómicas. Esta cifra es el síntoma de una careta que se ha terminado por caer: la del discurso del cambio que, al final del día, ha dejado intacto el deterioro de nuestras estructuras de gestión.
Estamos ante una paradoja fascinante y cruel. Por un lado, se nos habla de un crecimiento sostenido y de un país que es ejemplo de resiliencia en la región. Por otro, un 22 % de la población califica la situación económica como "muy mala" y un 40.9 % simplemente como "mala". ¿Por qué esta brecha? Porque la resiliencia dominicana ha dejado de ser una virtud de adaptación para convertirse en un mecanismo de supervivencia frente a la permisividad estatal.
El ciudadano ha aprendido a "resolver" lo que el Estado no garantiza: paga por seguridad privada, por educación fuera del sistema público y por inversores para paliar el déficit eléctrico. Pero este "aguante" tiene un límite. La encuesta revela que la fascinación por las redes sociales ha caído (un 56.6 % muestra poco o ningún interés por las tendencias digitales), mientras que el interés por los asuntos nacionales ha subido al 44.6 %. El dominicano ha dejado de mirar la pantalla para mirar su factura, su entorno y, sobre todo, para vigilar a quienes le prometieron que las cosas serían distintas.
La gestión gubernamental parece haber caído en una "permisividad sistémica". Se anuncian reformas que se quedan en el maquillaje de procesos, mientras el núcleo del clientelismo y la ineficiencia sigue operando con total impunidad. La gente no siente un colapso total por eso la valoración de la economía personal es ligeramente menos negativa (43.9 %) que la nacional, pero sí siente un desgaste constante. Es el sentimiento de una clase media que percibe que el dinero rinde cada vez menos en un sistema que permite que las soluciones estructurales se diluyan en promesas mediáticas.
Este pesimismo no es necesariamente desesperación, sino una alerta. La sociedad dominicana está hoy menos distraída y es más consciente de que las decisiones políticas condicionan su estabilidad mínima. Si el gobierno persiste en mantener estructuras de gestión agotadas y permisivas, la resiliencia que hoy nos sostiene podría transformarse en una fuerza de ruptura. Ya no basta con anunciar cambios; el ciudadano, en su nueva etapa de vigilancia, exige ver cómo se reparan las grietas de un Estado que, tras la máscara, se muestra cansado y, sobre todo, costoso para quienes lo sostienen.

